Morir y nacer

En el sin fin del universo se muere para nacer y no al revés como la ilusión del mundo lo hace creer.

El nuevo día abre mis párpados aunque no lo quiera hacer y sin temer a nada inocente lucidez, inhalo esa primera bocanada de aire; siento la pesadez del cuerpo carne y hueso que cubre de mi espíritu la desnudez y me descubro recién nacida mujer. 

Engendrada por la existencia misma y sus latidos, me parió la tierra y sus mimos de maternal proceder.

Prófugos recuerdos del ayer tocan mi memoria, vidas pasadas de los días a donde viajo con la muerte cada anochecer.

Desocupar la vasija del ego, llenarla de nuevo otra vez, sensación de estar perdida, a las emociones terminar por ceder.

Es temprano aunque el tiempo no tenga validez, el afán por aprender a hablar y caminar ya me hace caer, mismos errores, me pregunto ¿por qué?

Protejo a la niña que miedos empieza a padecer, de amor la colmo para feliz verla crecer; cubro con caricias, halagos y besos toda su niñez; la escucho atenta antes que el impulso por huir me haga perder la razón.

Al medio día ya madura nuevamente en entrega al sol me complazco y alimento mientras satisface a la vez su esposa alegre ser.

Del personaje ahora me visto, no soporta el espejo mi desnudo ver; salgo a encontrar respuestas porque con tanto ir y venir mucho se debió perder.

Vivo mis lunas a la vez, soy hija, madre, quizás abuela también; envejezco sobre las manecillas del reloj, me prepara la noche para morir y en sueños renacer.

Tal vez exista otra mañana para recordar un poco más, intentar, hacer, fallar y a lo terrenal amar.